
Media mañana en el establecimiento La Candelaria de Crucesitas Séptima. Rosa Chávez Gallego recuerda a su hermana y sus sobrinos, los desaparecidos de la familia Gill, intenta a hablar y llora. La escuchamos conmovidos. “Vengo a acompañarla a mami porque quiero que mi mamá descanse, que esté tranquila, que esto pase de una vez por todas; no la puedo ver mal a mi mamá, llorando, pidiendo que se haga justicia. Es lo más feo que puede haber en una madre, esperando encontrar a su hija que tiene que descansar en paz… Yo soy mamá, también me gustaría saber adónde están; sé qué se siente perder una hija, porque lo he tenido, y no la puedo ver mal a mi mamá, quiero que esto se esclarezca, que digan la verdad. Por favor”.
A pocos metros, una máquina retroexcavadora cava profundas zanjas ante los ojos del juez Gustavo Acosta y del antropólogo Juan Nóbile del Equipo Argentino de Antropología Forense. Rosa no deja de llorar. “ Que alguien que sepa que diga las cosas, les pido que se arrimen, que digan lo que saben. Es una cosa que no podés estar toda la vida con una angustia en el alma. Un sufrimiento bárbaro. Ella sufre, la veo todos los días luchando, viniendo todos los días. Esto no da más, ya pasaron veinte años, ¿qué más van a esperar, que ella no esté? ¿Para que viva sufriendo, y que no descanse de esa angustia, de saber adónde está su hija?”
Rosa Chávez habla desconsolada. Su hermana Norma Margarita Gallego desapareció de ese lugar hace veinte años junto a su esposo José Gill y sus cuatro hijos. Hoy, la mayor parte de las investigaciones pasan por excavar o rastrear el territorio con equipos complejos, en esa zona del departamento Nogoyá, a minutos de la ciudad de Viale.
Esto no es vida
El establecimiento está tapizado de trigales y de tanto en tanto muestra un manchón de monte nativo. Algarrobo, ñandubay, espinillo, tala, palma caranday, a poco del arroyo Las Tunas.
Rosa tiene cuatro hijos con las edades parecidas a las de los sobrinitos en el momento de su desaparición. No conoció a Norma, porque entonces contaba con apenas cuatro o cinco años, pero sabe completamente la historia, la vive, es el tema de la familia en estos años. Sus palabras, sus lágrimas, son testimonios de los efectos de la tragedia en esta humilde comunidad radicada en Nogoyá. “Esto no es vida, ella no descansa, todas las noches reza para encontrar a su hija, y es algo que todos queremos. Yo no la conocí, porque era chica, pero queremos saber adónde están, qué pasó, qué pasó con los chicos, qué les hicieron; no se puede vivir así. Toda la familia está así, con todos mis hermanos estamos mal, queremos saber. Ellos se criaron con mi hermana, toda la vida, la infancia, de estar juntos. Así no se puede vivir”, repite Rosa. “Quiero decirle a la persona que sepa algo, por favor, que venga y diga la verdad, no se puede seguir así. Esto no es vida, es una mamá que sufre mucho. No entiende la gente, ¡qué tanto miedo van a tener a una persona! (en referencia al patrón fallecido, Alfonso Goette). Con tantas cosas que hay en tecnología; la policía los puede proteger, hay muchas cosas que se pueden hacer para proteger a una persona que venga y diga la verdad. Que sepan que esto no es vida, una mamá sufre, quiere saber qué pasó con su hija y con sus nietos, por favor les pido. Que digan la verdad, no que inventen porque eso no sirve, porque demora más en hacer las cosas. No pueden hacer una ilusión. Por qué lo hacen a veces, no entiendo”.
Hoy, cumpleaños
Adelia está escuchando a su hija. La soledad del campo y los ruidos de la excavadora dan un marco doloroso y a la vez entregan cierta serenidad que facilita la expresión auténtica, sin peros, de las víctimas de la tragedia. “Yo tengo las fotos de ellos, y a veces ni duermo, es la verdad -comenta Adelia-. Anoche puse a las cuatro y media porque me iba a venir en colectivo pero desde esa hora ya no dormí. A veces me quedo en la cama para no andar haciendo bulla pero es una cosa que usted duerme, se despierta… O soñás, te parece que vos los ves, y así. Hace veinte años que estoy con esto. En todas las excavaciones. No me pierdo nada. Y así cuando estaba vivo el viejo Goette, se reía, se burlaba. Tienen hijas, nietos, que se pongan la mano en el corazón y digan la verdad. O que venga una hija y diga ‘yo no sé qué hizo mi padre con tu hija, o con tus nietos’. Porque ninguno, ni la mujer de Alfonso Goette ni las hijas dan la cara. Entonces qué, ¿tienen cola de paja? Ellos también tienen culpa”, insiste la madre de Norma Margarita y de Rosa.
—Usted vivía por acá cerca.
—De la casa de mi hija, enfrente, está el algarrobo donde nosotros vivíamos. Nosotros le limpiamos toda esta chacra que tiene sembrada. Era todo monte. Estuvimos cinco años trabajando, acá nació María Ofelia (llora Adelia), mañana es el cumpleaños de ella. Mañana María Ofelia cumple 33 años. Después nació Osvaldo José. También, nosotros estábamos acá. Trabajábamos allá, cerca del molino, ahí estábamos desmontando. Vimos los reflejos (de un espejo), pero nosotros pensábamos que Norma lo llamaba a José para que fuera a comer. Y ella lo tuvo en esa casa… Yo me vine directamente a la casa, ella ya lo había tenido a José, al chiquito. Le digo ‘m’hijja, lo envolviste’, ‘sí mamí’. Ella tenía unos cobertones viejos, los había tendido para tener el hijo en el suelo… mandaron a buscar la ambulancia para que viniera la enfermera y el doctor, después la llevaron al hospital para ver el nene”.
Un nazi
Son varios los testimonios que coinciden en mostrar al patrón, Alfonso Goette, como un ogro, aunque la gente allí lo llama de otra manera: “un nazi”. Porque a un vecino le envenenó las gallinas, a otra vecina le robó una vaca, a la de más allá la quiso despojar del negocio de una cabaña, al otro lo corrió y por eso recibió un rebencazo por la cabeza, al albañil le inventó un escándalo para que se marchara sin cobrar, al propio José Gill le debía la parte de una cosecha… De ahí que la vecindad cree que era capaz de matar a una familia, pero en veinte años los jueces y policías no han dado con un elemento concluyente, y la muerte de Goette en un accidente de tránsito clausuró las posibilidades de una confesión.
El comisario principal retirado Juan Antonio Rossi, que ha estado compenetrado en las investigaciones en estas dos décadas, presenció ayer las excavaciones. “Quiero ser puntual y objetivo, y con el respeto que me merecen las personas que están con vida y las que no están con vida: mi principal hipótesis es que esta gente fue víctima de un horrendo crimen; están desaparecidos ex profeso, para cubrir lo que no tenían que ver o escuchar”, sostuvo ante nuestra consulta.
“Para que se dé una idea, los expedientes deben conformar un volumen de dos o tres metros cúbicos en papel, más los anexos, que llevaría muchas semanas y meses poder analizar. No es sentarse y leer, es analizar punto por punto, lo que se hizo, lo que no se hizo. El grueso del expediente lo conformamos con una comisión policial que estaba a mi cargo. Yo trabajé hasta después de mi retiro en 2014. Dos años más, aproximadamente en colaboración con el doctor Acosta, y ahora que me ha convocado para una colaboración voluntaria”, explicó.
Rossi, como los vecinos y la familia, acumula anécdotas de vecinos que llaman “nazi” a Goette. Consideran que de ese modo definen su desprecio por la vecindad, según sus experiencias. Sin embargo, el oficial no descarta que la historia sea distinta a las suposiciones, o que haya algún miembro de la familia con vida. Sobre los comentarios que se tejen en torno de la tragedia, recordó que la familia Gill falta desde el 13 de enero de 2002 y que el 21 de enero ya llegó al establecimiento un empleado nuevo a desempeñar tareas en reemplazo de Gill. Todo un indicio. Además, los registros de llamadas, dice, fueron contundentes en el sentido de que Goette no hizo ningún esfuerzo por contactar a su peón. También apunta que no hay pruebas en el expediente de que haya quedado la mesa servida y la televisión encendida, como se ha escuchado. “Nada de eso se corroboró”.
La justicia realizará más excavaciones la semana próxima, y continuará investigando una denuncia telefónica recibida desde la provincia de Corrientes, donde un vecino sostiene que vio a la familia Gill a mediados de 2002. Los investigadores advierten inconsistencias en el relato, pero no descartan nada.
¿Otro desaparecido?
“Cuando nosotros vinimos -apunta Adelia-, José (su yerno) hacía un año que había entrado acá. Tenía un tambo, hacía el tambo, era tractorista y peón de campo. Estábamos limpiando sobre el arroyo, el primer corte que agarramos. Era un verano duro. ‘Ustedes no van a durar mucho’, me dice… ‘la tierra está dura y el comentario dicen, el comentario, dicen que el viejo es re loco’.
—¿Ya se hablaba de eso?
—Ya entonces se hablaba de Alfonso Goette… ‘Yo la verdad no estoy tranquilo porque dicen que acá desapareció una persona sola’. Ya desapareció una antes de José. Todo el mundo, don Duro, don Quito Villanueva… Era una persona que no sé de dónde la trajo, la puso en el tambo, y no duró mucho, al poco tiempo desapareció. Don Quito nos contaba cuando vinimos a entrevistarlo. ‘Mirá, lo mismo que pasó con José pasó con el otro hombre, desapareció, nadie lo vio’. Yo no sé, capaz ellos encontraron algo, o vieron algo del viejo, por eso el viejo los agarró y los mató. Yo estoy segura que el viejo los mató.
Palabras de Adelia Gallego. En pocos días viajará otra vez con el juez y los demás expertos al campo de los desaparecidos, ella piensa que en una parcela del otro lado de la ruta, conocida como “El Abasto”, podrían hallar la clave. Veinte años y no afloja.













